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23 febrero, 2012

¿Queremos ser como ellos?

Texto extraído del blog de Eduardo Galeano http://eduardogaleano.org/2011/09/04/%C2%BFqueremos-ser-como-ellos/

En un hormiguero bien organizado, las hormigas reinas son pocas y las hormigas obreras, muchísimas. Las reinas nacen con alas y pueden hacer el amor. Las obreras, que no vuelan ni aman, trabajan para las reinas. Las hormigas policías vigilan a las obreras y también vigilan a las reinas.

La vida es algo que ocurre mientras uno está ocupado haciendo otras cosas, decía John Lennon. En nuestra época, signada por la confusión de los medios y los fines, no se trabaja para vivir: se vive para trabajar. Unos trabajan cada vez más porque necesitan más que lo que consumen; y otros trabajan cada vez más para seguir consumiendo más que lo que necesitan.

Parece normal que la jornada de trabajo de ocho horas pertenezca, en América Latina, a los dominios del arte abstracto. El doble empleo, que las estadísticas oficiales rara vez confiesan, es la realidad de muchísima gente que no tiene otra manera de esquivar el hambre. Pero, ¿parece normal que el hombre trabaje como hormiga en las cumbres del desarrollo? ¿La riqueza conduce a la libertad, o multiplica el miedo a la libertad?

Ser es tener, dice el sistema. Y la trampa consiste en que quien más tiene, más quiere, y en resumidas cuentas las personas terminan perteneciendo a las cosas y trabajando a sus órdenes. El modelo de vida de la sociedad de consumo, que hoy día se impone como modelo único en escala universal, convierte al tiempo en un recurso económico, cada vez más escaso y más caro: el tiempo se vende, se alquila, se invierte. Pero, ¿quién es el dueño del tiempo? El automóvil, el televisor, el video, la computadora personal, el teléfono celular y demás contraseñas de la felicidad, máquinas nacidas para ganar tiempo o para pasar el tiempo, se apoderan del tiempo. El automóvil, pongamos por caso, no sólo dispone del espacio urbano: también dispone del tiempo humano. En teoría, el automóvil sirve para economizar tiempo, pero en la práctica lo devora. Buena parte del tiempo de trabajo se destina al pago del transporte al trabajo, que por lo demás resulta cada vez más tragón de tiempo a causa de los embotellamientos del tránsito en las babilonias modernas.

No se necesita ser sabio en economía. Basta el sentido común para suponer que el progreso tecnológico, al multiplicar la productividad, disminuye el tiempo de trabajo. El sentido común no ha previsto, sin embargo, el pánico al tiempo libre, ni las trampas del consumo, ni el poder manipulador de la publicidad. En las ciudades del Japón se trabaja 47 horas semanales desde hace veinte años. Mientras tanto, en Europa, el tiempo de trabajo se ha reducido, pero muy lentamente, a un ritmo que nada tiene que ver con el acelerado desarrollo de la productividad. En las fábricas automatizadas hay diez obreros donde antes había mil; pero el progreso tecnológico genera desocupación en vez de ampliar los espacios de libertad. La libertad de perder el tiempo: la sociedad de consumo no autoriza semejante desperdicio. Hasta las vacaciones, organizadas por las grandes empresas que industrializan el turismo de masas, se han convertido en una ocupación agotadora. Matar el tiempo: los balnearios modernos reproducen el vértigo de la vida cotidiana en los hormigueros urbanos.

Según dicen los antropólogos, nuestros ancestros del Paleolítico no trabajaban más de veinte horas por semana. Según dicen los diarios, nuestros contemporáneos de Suiza votaron, a fines de 1988, un plebiscito que proponía reducir la jornada de trabajo a cuarenta horas semanales: reducir la jornada, sin reducir los salarios. Y los suizos votaron en contra.

Las hormigas se comunican tocándose las antenas. Las antenas de la televisión comunican con los centros de poder del mundo contemporáneo. La pantalla chica nos ofrece el afán de propiedad, el frenesí del consumo, la excitación de la competencia y la ansiedad del éxito, como Colón ofrecía chucherías a los indios. Exitosas mercancías. La publicidad no nos cuenta, en cambio, que los Estados Unidos consumen actualmente, según la Organización Mundial de la Salud, casi la mitad del total de drogas tranquilizantes que se venden en el planeta. En los últimos veinte años, la jornada de trabajo aumentó en los Estados Unidos. En ese período, se duplicó la cantidad de enfermos de stress.

04 agosto, 2011

El modelo educativo y la salud mental de los jóvenes

Columna escrita entre académicos y estudiantes del Magister en Psicología, mención Psicología Clínica Infanto Juvenil de la Universidad de Chile.

"Como académicos, alumnos y profesionales que nos desenvolvemos en el ámbito de la psicología y psiquiatría infanto juvenil, consideramos que el modelo educativo chileno actual no favorece el desarrollo psicológico integral y la salud mental de niños/as, adolescentes y jóvenes.

La educación debe generar espacios para el desarrollo y crecimiento de las personas, de manera integral, favoreciendo la construcción de subjetividad, autonomía, solidaridad, capacidad crítica y reflexiva, estructuras de pensamiento, manejo afectivo, identidad, entre otros, dentro de un marco ético. Desde esta óptica y en relación a lo señalado recientemente por el Presidente de la República, consideramos problemático el que la educación sólo sea definida como un bien de consumo, sin considerar que el eje central de la educación debiera ser el potenciar el desarrollo humano.

Desde nuestra perspectiva, el modelo de educación imperante no favorece esta construcción integral, sino que más bien está enfocado principalmente en logros y rendimientos académicos desde una óptica cuantitativa. Este modelo interfiere en el desarrollo psicológico de nuestros niños y jóvenes, especialmente aquellos más vulnerables, y pone en riesgo su salud mental, favoreciendo el surgimiento de trastornos psicopatológicos, acentuando las brechas de desigualdad.

En este contexto, desde nuestra disciplina se han entregado datos epidemiológicos alarmantes que indican un alto porcentaje de psicopatología infanto juvenil a nivel nacional, que alcanza cifras que superan el 20%, lo cual a nuestro parecer se relaciona en parte con los altos niveles de estrés de todos los actores que participan en el modelo educativo, regido por las leyes del mercado, actuando como factores de riesgo sociales y del contexto educacional en el desarrollo de psicopatología y trastornos a la salud mental.

Es importante recalcar que desde nuestra disciplina se ha mostrado que programas de prevención y promoción de la salud mental en la escuela, favorecen no sólo la salud mental de los niños y jóvenes, sino que también aportan a mejorar los rendimientos y logros académicos, favoreciendo así un desarrollo psicológico más armónico.

En esta línea, las autoridades deben ser capaces de incorporar esta visión en la discusión de educación y las políticas públicas a nivel nacional."

21 noviembre, 2010

Los tres pilares del amor - Carlos Cuauhtemoc

Imagina que sobre una mesa triangular sostenida por tres patas vas a intentar construir un enorme castillo. No te atreverías a pararte encima de esa mesa sabiendo que una de sus patas está rota, ¿o sí? Y mucho menos te atreverías a subir en ella a tu cónyuge y a tus hijos. Pues entonces revísalas hoy; la carencia o debilidad de un PILAR hará que tu vida amorosa se desmorone tarde o temprano provocando un doloroso desenlace…El amor trascendente tiene tres características fundamentales. Sólo tres:



Primer Pilar: Intimidad Emocional.

Ésta se da únicamente mediante comunicación profunda al compartir sin arreglos ni selecciones todos los sentimientos; al hablar con el corazón; al exteriorizar dudas, temores, ambicio¬nes, sueños, preocupaciones, alegrías, penas; al confesar los yerros del presente y del pasado; al descubrir ante la persona amada el lado oculto (y desconocido por otros) de nuestro ser La intimidad emocional es confianza absoluta, complicidad, integración, alianza. Cuando ésta existe, se interpreta rápida y correctamente el lenguaje corporal, se detecta el verdadero estado de ánimo del compañero (desapercibido para los demás) aunque no haya vocablos de por medio. Y cuando se usan las palabras se hace de una forma única y especial, en un nivel de fraternidad distinto al que se da en la comunicación con el resto de la gente. Las riñas se disuelven cuando aún son incipientes porque al discutir se procura no causar daño, no herir. La “verdad” es el común denominador entre dos personas con intimidad emocional. En su trato la autoestima de ambos se ve grandemente favorecida pues saben darse su lugar el uno al otro, saben demostrarse aprecio y confianza sin límites. La comunicación profunda les permite no volver a sentirse solos, le da sentido a su mundo interior, propicia la formación de un universo exclusivo y, finalmente, cuando se alejan, ambos piensan y hablan bien de su pareja.Este último punto es un barómetro interesante pues, aunque puedas fingirle cariño a alguien, en la soledad tú sabes muy bien qué es cierto y qué no lo es. De modo que si al alejarte físicamente de tu novio o novia priva en ti la sensación de lejanía emocional, si al no estar a su lado juzgas a tu pareja como tonta, inmadura o torpe; si estando a solas te ríes un poco de su recuerdo y, en ocasiones, hasta compartes esa burla con tus amistades o familiares, no existe en absoluto intimidad emocional.Millones de matrimonios pasan la vida sin verdadera intimidad; platicando únicamente sobre asuntos superficiales y vanos: los niños, el trabajo, los problemas de la casa, la economía… Por ocuparse de lo evidente olvidan lo fundamental. Su relación de pareja se desvanece, se pierde.Se dice que los hijos unen al matrimonio, pero esto, en muchos casos, es una gran mentira. Los hijos producen distracción y funcionan para los cónyuges como excelente excusa para evadirse mutuamente: ahora tienen problemas nuevos en qué entretenerse. Al nacer los niños, surge una aparente integración conyugal, pero es forzada, y cuando los hijos crecen y se van se dan cuenta de que lo que los mantuvo unidos durante todos esos años eran los circunstanciales vástagos. Entonces (¡qué ridículo e incoherente!), después de sacar adelante un hogar con sacrificios, después de toda una vida compartida, al hallarse a solas prefieren divorciarse física o mentalmente. Jamás hubo intimidad emocional. Su unión fue vacía, falsa, fingida. Un hermoso teatro que tenía como finalidad hacer creer a los demás que se amaban.





Segundo Pilar: Afinidad Intelectual

Las personas no están hechas sólo de emociones, están hechas también de IDEAS. Para nutrirse con los pensamientos de otro se requiere de una correspondencia intelectual capaz de permitir puntos de vista complementarios. Las personas pueden tener la capacidad de comunicarse íntimamente, pero si no poseen una forma similar de raciocinio respecto a los conceptos fundamentales como el trabajo, los valores, la religión, el sexo. la educación de los hijos, el tiempo libre, la organización familiar, etcétera, si no se enriquecen mentalmente durante su convivencia, terminan excluyéndose, el uno al otro, de gran parte de sus actividades. Pocas cosas alimentan más la llama del cariño que aportar ideas valiosas, desapercibidas para el otro.En la medida en que alguien se ame a sí mismo podrá amar a su pareja, y la autoaceptación es un concepto que se da en la mente. Sólo siendo maduro intelectualmente es posible aceptar la individualidad e independencia del compañero, evitar los celos, el egoísmo, la posesión. Sólo con el juicio sereno y claro se es capaz de perdonar, ceder, dar otra oportunidad, aceptar los errores y estar dispuesto a permitir imperfecciones.En el cerebro adulto nace el sentido de compañerismo y fidelidad. La moral verdadera no es producto de prejuicios sino de razonamiento inteligente. El grado de desarrollo espiritual se relaciona con la madurez. Todos estos puntos deben tener correspondencia entre las dos personas.La pareja con afinidad intelectual tiene muchas cosas que compartir; lleva un ritmo de lectura similar, de estudio parecido, de trabajo creativo coincidente, se supera en armonía, crece y se ayuda recíprocamente. Los novios que son capaces de estudiar y hacer sus trabajos de verdad (no como una excusa para terminar revolcándose) son mucho más fuertes en su relación que los demás.



Tercer Pilar: Atracción Química

Si tienes con tu pareja intimidad emocional, puedes decir que es TU AMIGA; si además se complementan en ideas, puedes considerarla TU COMPAÑERA. Pero falta un último punto indispensable para anudar el lazo del amor: también debe poder llegar a ser TU AMANTE. Esto se consigue con la atracción química. Y no me refiero al gusto corporal, pues es frecuente considerar hermosa a una persona sin sentir ningún interés por ella. La apariencia es algo superficial y vano. Lo que enciende el magnetismo entre dos individuos no es un fenómeno físico sino químico. Sólo se da entre algunos. Tal vez no se trate de gente bonita, pero la química les permite ver más allá de lo visible y arder con la belleza que sólo ellos detectan. Cuando hay este tipo de hechizo, a las personas no les importa lo que los demás piensen respecto al físico de su pareja. Se sienten a gusto juntos porque se atraen realmente. Se besan y se tocan con gran espontaneidad, con verdadera pasión. Hay esa magia que los impulsa a estar cerca, el agrado mutuo producido por la voz, las acciones, el andar, la legitimidad, la forma especial y única de ser del otro. Finalmente no pueden evitar esa gran identificación sexual que se da, simplemente, sin que ellos lo planeen. Si descubres una afinidad química NATURAL con tu pareja, lucha por conservarla. No basta con que aparezca al principio. Hay que evitar que se pierda con el paso del tiempo. Muchos casados se descuidan, comienzan a convivir mal vestidos y malolientes, permitiendo que se apague entre ellos la llama de la pasión.

17 noviembre, 2010

Las dos formas de amar según Sigmund Freud

Extracto del libro "Sigmund Freud", de Silvia Tubert.

"Freud hace referencia, esquemáticamente, a dos maneras de amar o elegir el objeto, que se basan en el hecho de que el individuo tiene dos objetos eróticos primitivos: él mismo y la madre que lo alimenta. En la forma narcisista, se elige a la persona según el modelo de uno mismo, ya sea lo que uno es, lo que fue, lo que quisiera ser o la persona que formó parte de uno mismo (como el hijo en relación con la madre).

En la modalidad de apoyo (o anaclítica), el modelo es la madre nutricia o el padre protector, es decir, la persona que satisface las funciones de autoconservación y proporciona el amor que confirma el narcisismo. La elección del objeto de apoyo es más frecuente -aunque no exclusivamente- en los hombres, en tanto que la nacisista predomina en las mujeres. La primera se caracteriza por la sobrevaloración del objeto erótico, y la segunda por un interés mayor en ser amadas que por amar. Sin embargo, tanto las mujeres como los hombres pueden amar conforme al tipo masculino o femenino"

12 octubre, 2009

No consigo andar por el mundo tirando cosas - Marciano Durán

"Lo que me pasa es que no consigo andar por el mundo tirando cosas y
cambiándolas por el modelo siguiente sólo porque a alguien se le ocurre
agregarle una función o achicarlo un poco.

No hace tanto, con mi mujer, lavábamos los pañales de los críos, los
colgábamos en la cuerda junto a otra ropita, los planchábamos, los
doblábamos y los preparábamos para que los volvieran a ensuciar.

Y ellos, nuestros nenes, apenas crecieron y tuvieron sus propios
hijos se encargaron de tirar todo por la borda, incluyendo los pañales.

¡Se entregaron inescrupulosamente a los desechables! Si, ya lo sé. A
nuestra generación siempre le costó tirar. ¡Ni los desechos nos
resultaron muy desechables! Y así anduvimos por las calles guardando los
mocos en el bolsillo y las grasas en los repasadores.

¡¡¡Nooo!!! Yo no digo que eso era mejor. Lo que digo es que en algún
momento me distraje, me caí del mundo y ahora no sé por dónde se entra.
Lo más probable es que lo de ahora esté bien, eso no lo discuto. Lo que
pasa es que no consigo cambiar el equipo de música una vez por año, el
celular cada tres meses o el monitor de la computadora todas las
navidades.

¡Guardo los vasos desechables!

¡Lavo los guantes de látex que eran para usar una sola vez!

¡Apilo como un viejo ridículo las bandejitas de espuma plástica de
los pollos!

¡Los cubiertos de plástico conviven con los de acero inoxidable en
el cajón de los cubiertos!

¡Es que vengo de un tiempo en el que las cosas se compraban para
toda la vida!

¡Es más!

¡Se compraban para la vida de los que venían después!

La gente heredaba relojes de pared, juegos de copas, fiambreras de
tejido y hasta palanganas de loza.

Y resulta que en nuestro no tan largo matrimonio, hemos tenido más
cocinas que las que había en todo el barrio en mi infancia y hemos
cambiado de heladera tres veces.

¡¡Nos están fastidiando! ! ¡¡Yo los descubrí!! ¡¡Lo hacen adrede!!
Todo se rompe, se gasta, se oxida, se quiebra o se consume al poco
tiempo para que tengamos que cambiarlo. Nada se repara. Lo obsoleto es
de fábrica.

¿Dónde están los zapateros arreglando las media-suelas de las Nike?

¿Alguien ha visto a algún colchonero escardando sommiers casa por
casa?

¿Quién arregla los cuchillos eléctricos? ¿El afilador o el
electricista?

¿Habrá teflón para los hojalateros o asientos de aviones para los
talabarteros?

Todo se tira, todo se desecha y, mientras tanto, producimos más y
más basura..

El otro día leí que se produjo más basura en los últimos 40 años que
en toda la historia de la humanidad.

El que tenga menos de 40 años no va a creer esto: ¡¡Cuando yo era
niño por mi casa no pasaba el basurero!!

¡¡Lo juro!! ¡Y tengo menos de... años!

Todos los desechos eran orgánicos e iban a parar al gallinero, a los
patos o a los conejos (y no estoy hablando del siglo XVII)

No existía el plástico ni el nylon. La goma sólo la veíamos en las
ruedas de los autos y las que no estaban rodando las quemábamos en la
Fiesta de San Juan.

Los pocos desechos que no se comían los animales, servían de abono o
se quemaban. De 'por ahí' vengo yo. Y no es que haya sido mejor. Es que
no es fácil para un pobre tipo al que lo educaron con el 'guarde y
guarde que alguna vez puede servir para algo', pasarse al 'compre y tire
que ya se viene el modelo nuevo'.

Mi cabeza no resiste tanto.

Ahora mis parientes y los hijos de mis amigos no sólo cambian de
celular una vez por semana, sino que, además, cambian el número, la
dirección electrónica y hasta la dirección real.

Y a mí me prepararon para vivir con el mismo número, la misma mujer,
la misma casa y el mismo nombre (y vaya si era un nombre como para
cambiarlo) Me educaron para guardar todo. ¡¡¡Toooodo!!! Lo que servía y
lo que no. Porque algún día las cosas podían volver a servir. Le dábamos
crédito a todo.

Si, ya lo sé, tuvimos un gran problema: nunca nos explicaron qué
cosas nos podían servir y qué cosas no. Y en el afán de guardar (porque
éramos de hacer caso) guardamos hasta el ombligo de nuestro primer hijo,
el diente del segundo, las carpetas del jardín de infantes y no sé cómo
no guardamos la primera caquita. ¿Cómo quieren que entienda a esa gente
que se desprende de su celular a los pocos meses de comprarlo?

¿Será que cuando las cosas se consiguen fácilmente, no se valoran y
se vuelven desechables con la misma facilidad con la que se
consiguieron?

En casa teníamos un mueble con cuatro cajones. El primer cajón era
para los manteles y los repasadores, el segundo para los cubiertos y el
tercero y el cuarto para todo lo que no fuera mantel ni cubierto. Y
guardábamos.. ... ¡¡Cómo guardábamos!! ¡¡Tooooodo lo guardábamos!!
¡¡Guardábamos las chapitas de los refrescos!! ¡¿Cómo para qué?! Hacíamos
limpia-calzados para poner delante de la puerta para quitarnos el barro.
Dobladas y enganchadas a una piola se convertían en cortinas para los
bares. Al terminar las clases le sacábamos el corcho, las martillábamos
y las clavábamos en una tablita para hacer los instrumentos para la
fiesta de fin de año de la escuela. ¡Tooodo guardábamos!

¡¡¡Las cosas que usábamos!!!: mantillas de faroles, ruleros,
ondulines y agujas de primus. Y las cosas que nunca usaríamos. Botones
que perdían a sus camisas y carreteles que se quedaban sin hilo se iban
amontonando en el tercer y en el cuarto cajón. Partes de lapiceras que
algún día podíamos volver a precisar. Tubitos de plástico sin la tinta,
tubitos de tinta sin el plástico, capuchones sin la lapicera, lapiceras
sin el capuchón. Encendedores sin gas o encendedores que perdían el
resorte. Resortes que perdían a su encendedor.

Cuando el mundo se exprimía el cerebro para inventar encendedores
que se tiraban al terminar su ciclo, inventábamos la recarga de los
encendedores descartables. Y las Gillette -hasta partidas a la mitad- se
convertían en sacapuntas por todo el ciclo escolar. Y nuestros cajones
guardaban las llavecitas de las latas de sardinas o del corned-beef, por
las dudas que alguna lata viniera sin su llave. ¡Y las pilas! Las pilas
de las primeras Spica pasaban del congelador al techo de la casa. Porque
no sabíamos bien si había que darles calor o frío para que vivieran un
poco más. No nos resignábamos a que se terminara su vida útil, no
podíamos creer que algo viviera menos que un jazmín...

Las cosas no eran desechables. Eran guardables.. ¡¡¡Los diarios!!!
Servían para todo: para hacer plantillas para las botas de goma, para
poner en el piso los días de lluvia y por sobre todas las cosas para
envolver. ¡¡¡Las veces que nos enterábamos de algún resultado leyendo el
diario pegado al trozo de carne!!!

Y guardábamos el papel plateado de los chocolates y de los cigarros
para hacer guías de pinitos de navidad y las páginas del almanaque para
hacer cuadros y los cuentagotas de los remedios por si algún medicamento
no traía el cuentagotas y los fósforos usados porque podíamos prender
una hornalla de la Volcán desde la otra que estaba prendida y las cajas
de zapatos que se convirtieron en los primeros álbumes de fotos. Y las
cajas de cigarros Richmond se volvían cinturones y posa-mates y los
frasquitos de las inyecciones con tapitas de goma se amontonaban vaya a
saber con qué intención, y los mazos de naipes se reutilizaban aunque
faltara alguna, con la inscripción a mano en una sota de espada que
decía 'éste es un 4 de bastos'.

Los cajones guardaban pedazos izquierdos de palillos de ropa y el
ganchito de metal. Al tiempo albergaban sólo pedazos derechos que
esperaban a su otra mitad para convertirse otra vez en un palillo.

Yo sé lo que nos pasaba: nos costaba mucho declarar la muerte de
nuestros objetos. Así como hoy las nuevas generaciones deciden
'matarlos' apenas aparentan dejar de servir, aquellos tiempos eran de no
declarar muerto a nada: ¡¡¡ni a Walt Disney!!!

Y cuando nos vendieron helados en copitas cuya tapa se convertía en
base y nos dijeron: 'Cómase el helado y después tire la copita',
nosotros dijimos que sí, pero, ¡¡¡minga que la íbamos a tirar!!! Las
pusimos a vivir en el estante de los vasos y de las copas. Las latas de
arvejas y de duraznos se volvieron macetas y hasta teléfonos. Las
primeras botellas de plástico se transformaron en adornos de dudosa
belleza. Las hueveras se convirtieron en depósitos de acuarelas, las
tapas de botellones en ceniceros, las primeras latas de cerveza en
portalápices y los corchos esperaron encontrarse con una botella.

Y me muerdo para no hacer un paralelo entre los valores que se
desechan y los que preservábamos. ¡¡¡Ah!!! ¡¡¡No lo voy a hacer!!! Me
muero por decir que hoy no sólo los electrodomésticos son desechables;
que también el matrimonio y hasta la amistad son descartables.

Pero no cometeré la imprudencia de comparar objetos con personas. Me
muerdo para no hablar de la identidad que se va perdiendo, de la memoria
colectiva que se va tirando, del pasado efímero. No lo voy a hacer. No
voy a mezclar los temas, no voy a decir que a lo perenne lo han vuelto
caduco y a lo caduco lo hicieron perenne. No voy a decir que a los
ancianos se les declara la muerte apenas empiezan a fallar en sus
funciones, que los cónyuges se cambian por modelos más nuevos, que a las
personas que les falta alguna función se les discrimina o que valoran
más a los lindos, con brillo y glamour.

Esto sólo es una crónica que habla de pañales y de celulares. De lo
contrario, si mezcláramos las cosas, tendría que plantearme seriamente
entregar a la 'bruja' como parte de pago de una señora con menos
kilómetros y alguna función nueva. Pero yo soy lento para transitar este
mundo de la reposición y corro el riesgo de que la 'bruja' me gane de
mano y sea yo el entregado.

Hasta aquí"

17 julio, 2008

La felicidad de Chile comienza por los niños


La felicidad de Chile


"¿Y por qué la felicidad por Chile ya no comienza por los niños? Hace poco llegó a mis manos, el libro lanzado en mayo de este año, “Salvador Allende, presencia en la ausencia”, y me llamó la atención los carteles de la UP, uno en particular, (diseñado por Larrea y Albornoz), en el cual el título es; 'la felicidad de Chile comienza por los niños', en el cual aparecen niños felices y jugando lleno de colores, todos mirando sonrientes a la cara de cualquiera que sean sus espectadores.

Me dirigía a mi casa sentada en el Transantiago, como iba leyendo 'Caballeros de Chile', de Armando Uribe, no me di cuenta, en el instante en que subió una joven con un bebé en sus brazos. Se quedó de pie a mi lado. En ese momento el chofer, un hombre al frente mío, las demás personas comenzaron a alegar porque un niño sentado en la otra fila como de 8 años no le daba el asiento a la joven con su bebé. De inmediato reaccioné y le cedí mi asiento, pero eso no bastó, como si fueran cómplices, el chofer con este hombre de pie ya no al frente mío si no que a mi lado, empezó a molestar al niño, porque no había cedido el asiento. La madre se sintió avergonzada no más que él, así que el pequeño se sentó en las rodillas de ella, desconocidos seguían con sus murmullos indignados, pero hablé fuerte diciendo que no lo discriminaran, que es un niño, y me dirigí al infante diciéndole que se quedara sentado en su asiento que no se preocupara, que era su derecho, nadie dijo nada, aún así sentía miradas incómodas a mi alrededor.
Seguí leyendo. Antes de bajarme mire al niño, le sonreí y él me respondió regalándome su pequeña sonrisa. Me despedí con la mano y bajé de la gran oruga rodante. Ya me había pasado antes. Una vez en la que una mujer de no más de treinta años retó a mi pequeño hermano para que le diera el asiento, yo era una adolescente en ese entonces, por suerte íbamos con mi padre que por supuesto lo defendió, y le dijo: 'Hay que empezar por respetar primero a los niños'. Ella indignada se fue de pie alegando con otro señor desconocido. Y en otra ocasión en los años noventa, cuando tenía solo 8 años con un vecino un año mayor que yo, nos dirigíamos en una de las micros amarillas a mi escuela, nadie me cedió el asiento, en un momento la micro frenó y me caí, sentí vergüenza. Hoy me sentí muy triste.

Vivimos en un país que aparece en el lugar 35 de una encuesta mundial sobre la felicidad de 98 países en total, según el estudio de la Universidad de Michigan. Sin embargo vivimos una de las mayores crisis en la Educación, sólo el 4% se invierte educación, vivimos en un sistema económico en el cual vales por lo que tienes materialmente. En un sistema pensado para que ganen las empresas privadas, y cuando un niño protesta por sus derechos es brutalmente reprimido. ¿Cuál es la verdadera felicidad de Chile?, ¿Dónde está la sabiduría que nos heredaron dos presidentes de la República?, por una parte Salvador Allende y por otra Pedro Aguirre Cerda con su flamante lema 'Educar es Gobernar'.
Un país diseñado por adultos inconscientes y cegados, los niños no pagan su pasaje con dinero, están pagando con su dignidad, la supuesta felicidad de los otros, con su dignidad luchan por sus derechos. Yo les digo 'Comparta su metro cuadrado, ceda el asiento a los niños, que la verdadera felicidad comienza por ellos'.

Carolina Libertad Sepúlveda Castillo

Estudiante de Pedagogía en Artes Visuales"

Artículo original en Diario El Ciudadano