El mundo es un lugar peligroso. No por las personas que hacen el mal, sino por las que se sientan a ver lo que pasa
14 enero, 2013
En relación a la matanza de perros en Punta Arenas
Ante ello, sólo puedo reaccionar con pena e impotencia...
La iglesia se cree defensora de la vida por estar en contra del aborto, pero incitan una matanza de perros, cero respeto a la vida. Me da impotencia esa creencia maldita de que el ser humano es "superior" y por ello tiene el derecho de hacer y deshacer incluso con otros seres vivos. Que algunos humanos crean que porque un perro les ladra al pasar en bicicleta o defeca en el jardín tienen todo el derecho a asesinarlos, como si estos otros animales tuvieran alguna culpa o conciencia de "la molestia" que provocan, o como si un asesinato fuera un castigo "proporcional" a un ladrido o a un excremento en el jardín de la casa.
Si algunos humanos se cree tan "superiores" para tener este derecho, demuéstrenlo y manejen esas molestias con respeto, educación, astucia, conocimientos del comportamiento de otros animales con los que convivimos y a los cuales no tendríamos por qué haberles arrebatado su terreno en ningún momento.
Nosotros somos la plaga. No los demás animales.
Y somos nosotros la plaga que va a ser exterminada. No porque los perros cobren venganza y nos envenenen, sino porque nosotros mismos, por esta creencia egocéntrica de megalomanía injustificada de ser tan increíblemente "superiores" estamos destruyendo el planeta y con ello a nosotros mismos, por creerse el cuento de que "Dios creó las cosas y las puso al servicio del ser humano. Todo está al servicio nuestro", reforzado por otras ideas como el que los animales no tienen "alma" y por eso podemos comerlos en el Mac Donals, en una proporción muy superior a la que se necesita comer, matarlos, hacernos zapatos con ellos...
20 diciembre, 2012
11 diciembre, 2012
Citas - 4
23 febrero, 2012
¿Queremos ser como ellos?
En un hormiguero bien organizado, las hormigas reinas son pocas y las hormigas obreras, muchísimas. Las reinas nacen con alas y pueden hacer el amor. Las obreras, que no vuelan ni aman, trabajan para las reinas. Las hormigas policías vigilan a las obreras y también vigilan a las reinas.
La vida es algo que ocurre mientras uno está ocupado haciendo otras cosas, decía John Lennon. En nuestra época, signada por la confusión de los medios y los fines, no se trabaja para vivir: se vive para trabajar. Unos trabajan cada vez más porque necesitan más que lo que consumen; y otros trabajan cada vez más para seguir consumiendo más que lo que necesitan.
Parece normal que la jornada de trabajo de ocho horas pertenezca, en América Latina, a los dominios del arte abstracto. El doble empleo, que las estadísticas oficiales rara vez confiesan, es la realidad de muchísima gente que no tiene otra manera de esquivar el hambre. Pero, ¿parece normal que el hombre trabaje como hormiga en las cumbres del desarrollo? ¿La riqueza conduce a la libertad, o multiplica el miedo a la libertad?
Ser es tener, dice el sistema. Y la trampa consiste en que quien más tiene, más quiere, y en resumidas cuentas las personas terminan perteneciendo a las cosas y trabajando a sus órdenes. El modelo de vida de la sociedad de consumo, que hoy día se impone como modelo único en escala universal, convierte al tiempo en un recurso económico, cada vez más escaso y más caro: el tiempo se vende, se alquila, se invierte. Pero, ¿quién es el dueño del tiempo? El automóvil, el televisor, el video, la computadora personal, el teléfono celular y demás contraseñas de la felicidad, máquinas nacidas para ganar tiempo o para pasar el tiempo, se apoderan del tiempo. El automóvil, pongamos por caso, no sólo dispone del espacio urbano: también dispone del tiempo humano. En teoría, el automóvil sirve para economizar tiempo, pero en la práctica lo devora. Buena parte del tiempo de trabajo se destina al pago del transporte al trabajo, que por lo demás resulta cada vez más tragón de tiempo a causa de los embotellamientos del tránsito en las babilonias modernas.
No se necesita ser sabio en economía. Basta el sentido común para suponer que el progreso tecnológico, al multiplicar la productividad, disminuye el tiempo de trabajo. El sentido común no ha previsto, sin embargo, el pánico al tiempo libre, ni las trampas del consumo, ni el poder manipulador de la publicidad. En las ciudades del Japón se trabaja 47 horas semanales desde hace veinte años. Mientras tanto, en Europa, el tiempo de trabajo se ha reducido, pero muy lentamente, a un ritmo que nada tiene que ver con el acelerado desarrollo de la productividad. En las fábricas automatizadas hay diez obreros donde antes había mil; pero el progreso tecnológico genera desocupación en vez de ampliar los espacios de libertad. La libertad de perder el tiempo: la sociedad de consumo no autoriza semejante desperdicio. Hasta las vacaciones, organizadas por las grandes empresas que industrializan el turismo de masas, se han convertido en una ocupación agotadora. Matar el tiempo: los balnearios modernos reproducen el vértigo de la vida cotidiana en los hormigueros urbanos.
Según dicen los antropólogos, nuestros ancestros del Paleolítico no trabajaban más de veinte horas por semana. Según dicen los diarios, nuestros contemporáneos de Suiza votaron, a fines de 1988, un plebiscito que proponía reducir la jornada de trabajo a cuarenta horas semanales: reducir la jornada, sin reducir los salarios. Y los suizos votaron en contra.
Las hormigas se comunican tocándose las antenas. Las antenas de la televisión comunican con los centros de poder del mundo contemporáneo. La pantalla chica nos ofrece el afán de propiedad, el frenesí del consumo, la excitación de la competencia y la ansiedad del éxito, como Colón ofrecía chucherías a los indios. Exitosas mercancías. La publicidad no nos cuenta, en cambio, que los Estados Unidos consumen actualmente, según la Organización Mundial de la Salud, casi la mitad del total de drogas tranquilizantes que se venden en el planeta. En los últimos veinte años, la jornada de trabajo aumentó en los Estados Unidos. En ese período, se duplicó la cantidad de enfermos de stress.
11 septiembre, 2011
Acerca de la muerte de Felipe Cubillos (uno de los 21 muertos en Juan Fernández)
"Cuando un matemático habla... del mar y los muertos.
Las vueltas de esta vida son a veces macabras.
Felipe Cubillos, quien probablemente mal influenciado por su padre,justificó y alentó muchos años las violaciones más horribles a los DDHH, que incluso ironizó a principios de los noventa con los restos de detenidos desaparecidos arrojados al mar. Él, quien amara la libertad de emprender pero –como se desprende de su última columna en La Segunda- aborreciera la infinitamente más importante libertad de rebelarse, termina también desaparecido en este Océano Pacífico.
El mismo océano inmenso en que fueron arrojados miles de agonizantes chilenos y chilenas que querían una patria más justa, un país más digno. Un océano a través del cual se destilara sufrimiento y horror hacia ese pueblo humilde y desesperado que, sin descansar, ha buscado infructuosamente durante 38 años a sus hijos, nietos, hermanos, padres y madres.
Quizás en los últimos años quisiste reivindicarte Felipe. Tal vez lo
lograste. Ojalá haya sido así.
Ahora, tus otrora equivocadas moléculas se entremezclan con los átomos dignos y valientes de quienes lucharon por Chile no repartiendo limosnas, sino que educando para que el pueblo no tuviera que volver a humillarse recibiéndolas.
Hoy, cuando supe que tus familiares tendrían que entregar muestras de sangre, tal y como decenas de miles de deudos -que jamás encontraron a sus seres queridos- tuvieron que hacerlo, no dejé de estremecerme.
Ojalá, a diferencia de otros miles de chilenos que despreciaste, tus familiares encuentren tus restos y puedan cerrar su legítimo duelo. Es cierto que en el accidente que te costó la vida posiblemente hubo negligencias cometidas por la FACH. Quizás algún día lo sabremos. Éste es otro sarcasmo del destino, pero por terrible que esto sea, será más tolerable para tus seres queridos saber que tu muerte se produjo por un desgraciado infortunio, y no por la abyecta intencionalidad genocida que tú y tu círculo justificaron y propiciaron algún día.
Te fuiste con gente buena y te vas a encontrar en ese océano con gente muy
buena.
Navega en paz Felipe.
José D. Flores, PhD.
Professor of Mathematics
Department of Mathematical Sciences
The University of South Dakota
Phone: 605-677-5262
http://www.usd.edu/~jflores
Adjunct Professor
Mathematical, Computational & Modeling Sciences Center (MCMSC)
Arizona State University"
21 noviembre, 2010
Los tres pilares del amor - Carlos Cuauhtemoc
Primer Pilar: Intimidad Emocional.
Ésta se da únicamente mediante comunicación profunda al compartir sin arreglos ni selecciones todos los sentimientos; al hablar con el corazón; al exteriorizar dudas, temores, ambicio¬nes, sueños, preocupaciones, alegrías, penas; al confesar los yerros del presente y del pasado; al descubrir ante la persona amada el lado oculto (y desconocido por otros) de nuestro ser La intimidad emocional es confianza absoluta, complicidad, integración, alianza. Cuando ésta existe, se interpreta rápida y correctamente el lenguaje corporal, se detecta el verdadero estado de ánimo del compañero (desapercibido para los demás) aunque no haya vocablos de por medio. Y cuando se usan las palabras se hace de una forma única y especial, en un nivel de fraternidad distinto al que se da en la comunicación con el resto de la gente. Las riñas se disuelven cuando aún son incipientes porque al discutir se procura no causar daño, no herir. La “verdad” es el común denominador entre dos personas con intimidad emocional. En su trato la autoestima de ambos se ve grandemente favorecida pues saben darse su lugar el uno al otro, saben demostrarse aprecio y confianza sin límites. La comunicación profunda les permite no volver a sentirse solos, le da sentido a su mundo interior, propicia la formación de un universo exclusivo y, finalmente, cuando se alejan, ambos piensan y hablan bien de su pareja.Este último punto es un barómetro interesante pues, aunque puedas fingirle cariño a alguien, en la soledad tú sabes muy bien qué es cierto y qué no lo es. De modo que si al alejarte físicamente de tu novio o novia priva en ti la sensación de lejanía emocional, si al no estar a su lado juzgas a tu pareja como tonta, inmadura o torpe; si estando a solas te ríes un poco de su recuerdo y, en ocasiones, hasta compartes esa burla con tus amistades o familiares, no existe en absoluto intimidad emocional.Millones de matrimonios pasan la vida sin verdadera intimidad; platicando únicamente sobre asuntos superficiales y vanos: los niños, el trabajo, los problemas de la casa, la economía… Por ocuparse de lo evidente olvidan lo fundamental. Su relación de pareja se desvanece, se pierde.Se dice que los hijos unen al matrimonio, pero esto, en muchos casos, es una gran mentira. Los hijos producen distracción y funcionan para los cónyuges como excelente excusa para evadirse mutuamente: ahora tienen problemas nuevos en qué entretenerse. Al nacer los niños, surge una aparente integración conyugal, pero es forzada, y cuando los hijos crecen y se van se dan cuenta de que lo que los mantuvo unidos durante todos esos años eran los circunstanciales vástagos. Entonces (¡qué ridículo e incoherente!), después de sacar adelante un hogar con sacrificios, después de toda una vida compartida, al hallarse a solas prefieren divorciarse física o mentalmente. Jamás hubo intimidad emocional. Su unión fue vacía, falsa, fingida. Un hermoso teatro que tenía como finalidad hacer creer a los demás que se amaban.
Segundo Pilar: Afinidad Intelectual
Las personas no están hechas sólo de emociones, están hechas también de IDEAS. Para nutrirse con los pensamientos de otro se requiere de una correspondencia intelectual capaz de permitir puntos de vista complementarios. Las personas pueden tener la capacidad de comunicarse íntimamente, pero si no poseen una forma similar de raciocinio respecto a los conceptos fundamentales como el trabajo, los valores, la religión, el sexo. la educación de los hijos, el tiempo libre, la organización familiar, etcétera, si no se enriquecen mentalmente durante su convivencia, terminan excluyéndose, el uno al otro, de gran parte de sus actividades. Pocas cosas alimentan más la llama del cariño que aportar ideas valiosas, desapercibidas para el otro.En la medida en que alguien se ame a sí mismo podrá amar a su pareja, y la autoaceptación es un concepto que se da en la mente. Sólo siendo maduro intelectualmente es posible aceptar la individualidad e independencia del compañero, evitar los celos, el egoísmo, la posesión. Sólo con el juicio sereno y claro se es capaz de perdonar, ceder, dar otra oportunidad, aceptar los errores y estar dispuesto a permitir imperfecciones.En el cerebro adulto nace el sentido de compañerismo y fidelidad. La moral verdadera no es producto de prejuicios sino de razonamiento inteligente. El grado de desarrollo espiritual se relaciona con la madurez. Todos estos puntos deben tener correspondencia entre las dos personas.La pareja con afinidad intelectual tiene muchas cosas que compartir; lleva un ritmo de lectura similar, de estudio parecido, de trabajo creativo coincidente, se supera en armonía, crece y se ayuda recíprocamente. Los novios que son capaces de estudiar y hacer sus trabajos de verdad (no como una excusa para terminar revolcándose) son mucho más fuertes en su relación que los demás.
Tercer Pilar: Atracción Química
Si tienes con tu pareja intimidad emocional, puedes decir que es TU AMIGA; si además se complementan en ideas, puedes considerarla TU COMPAÑERA. Pero falta un último punto indispensable para anudar el lazo del amor: también debe poder llegar a ser TU AMANTE. Esto se consigue con la atracción química. Y no me refiero al gusto corporal, pues es frecuente considerar hermosa a una persona sin sentir ningún interés por ella. La apariencia es algo superficial y vano. Lo que enciende el magnetismo entre dos individuos no es un fenómeno físico sino químico. Sólo se da entre algunos. Tal vez no se trate de gente bonita, pero la química les permite ver más allá de lo visible y arder con la belleza que sólo ellos detectan. Cuando hay este tipo de hechizo, a las personas no les importa lo que los demás piensen respecto al físico de su pareja. Se sienten a gusto juntos porque se atraen realmente. Se besan y se tocan con gran espontaneidad, con verdadera pasión. Hay esa magia que los impulsa a estar cerca, el agrado mutuo producido por la voz, las acciones, el andar, la legitimidad, la forma especial y única de ser del otro. Finalmente no pueden evitar esa gran identificación sexual que se da, simplemente, sin que ellos lo planeen. Si descubres una afinidad química NATURAL con tu pareja, lucha por conservarla. No basta con que aparezca al principio. Hay que evitar que se pierda con el paso del tiempo. Muchos casados se descuidan, comienzan a convivir mal vestidos y malolientes, permitiendo que se apague entre ellos la llama de la pasión.
12 octubre, 2009
No consigo andar por el mundo tirando cosas - Marciano Durán
cambiándolas por el modelo siguiente sólo porque a alguien se le ocurre
agregarle una función o achicarlo un poco.
No hace tanto, con mi mujer, lavábamos los pañales de los críos, los
colgábamos en la cuerda junto a otra ropita, los planchábamos, los
doblábamos y los preparábamos para que los volvieran a ensuciar.
Y ellos, nuestros nenes, apenas crecieron y tuvieron sus propios
hijos se encargaron de tirar todo por la borda, incluyendo los pañales.
¡Se entregaron inescrupulosamente a los desechables! Si, ya lo sé. A
nuestra generación siempre le costó tirar. ¡Ni los desechos nos
resultaron muy desechables! Y así anduvimos por las calles guardando los
mocos en el bolsillo y las grasas en los repasadores.
¡¡¡Nooo!!! Yo no digo que eso era mejor. Lo que digo es que en algún
momento me distraje, me caí del mundo y ahora no sé por dónde se entra.
Lo más probable es que lo de ahora esté bien, eso no lo discuto. Lo que
pasa es que no consigo cambiar el equipo de música una vez por año, el
celular cada tres meses o el monitor de la computadora todas las
navidades.
¡Guardo los vasos desechables!
¡Lavo los guantes de látex que eran para usar una sola vez!
¡Apilo como un viejo ridículo las bandejitas de espuma plástica de
los pollos!
¡Los cubiertos de plástico conviven con los de acero inoxidable en
el cajón de los cubiertos!
¡Es que vengo de un tiempo en el que las cosas se compraban para
toda la vida!
¡Es más!
¡Se compraban para la vida de los que venían después!
La gente heredaba relojes de pared, juegos de copas, fiambreras de
tejido y hasta palanganas de loza.
Y resulta que en nuestro no tan largo matrimonio, hemos tenido más
cocinas que las que había en todo el barrio en mi infancia y hemos
cambiado de heladera tres veces.
¡¡Nos están fastidiando! ! ¡¡Yo los descubrí!! ¡¡Lo hacen adrede!!
Todo se rompe, se gasta, se oxida, se quiebra o se consume al poco
tiempo para que tengamos que cambiarlo. Nada se repara. Lo obsoleto es
de fábrica.
¿Dónde están los zapateros arreglando las media-suelas de las Nike?
¿Alguien ha visto a algún colchonero escardando sommiers casa por
casa?
¿Quién arregla los cuchillos eléctricos? ¿El afilador o el
electricista?
¿Habrá teflón para los hojalateros o asientos de aviones para los
talabarteros?
Todo se tira, todo se desecha y, mientras tanto, producimos más y
más basura..
El otro día leí que se produjo más basura en los últimos 40 años que
en toda la historia de la humanidad.
El que tenga menos de 40 años no va a creer esto: ¡¡Cuando yo era
niño por mi casa no pasaba el basurero!!
¡¡Lo juro!! ¡Y tengo menos de... años!
Todos los desechos eran orgánicos e iban a parar al gallinero, a los
patos o a los conejos (y no estoy hablando del siglo XVII)
No existía el plástico ni el nylon. La goma sólo la veíamos en las
ruedas de los autos y las que no estaban rodando las quemábamos en la
Fiesta de San Juan.
Los pocos desechos que no se comían los animales, servían de abono o
se quemaban. De 'por ahí' vengo yo. Y no es que haya sido mejor. Es que
no es fácil para un pobre tipo al que lo educaron con el 'guarde y
guarde que alguna vez puede servir para algo', pasarse al 'compre y tire
que ya se viene el modelo nuevo'.
Mi cabeza no resiste tanto.
Ahora mis parientes y los hijos de mis amigos no sólo cambian de
celular una vez por semana, sino que, además, cambian el número, la
dirección electrónica y hasta la dirección real.
Y a mí me prepararon para vivir con el mismo número, la misma mujer,
la misma casa y el mismo nombre (y vaya si era un nombre como para
cambiarlo) Me educaron para guardar todo. ¡¡¡Toooodo!!! Lo que servía y
lo que no. Porque algún día las cosas podían volver a servir. Le dábamos
crédito a todo.
Si, ya lo sé, tuvimos un gran problema: nunca nos explicaron qué
cosas nos podían servir y qué cosas no. Y en el afán de guardar (porque
éramos de hacer caso) guardamos hasta el ombligo de nuestro primer hijo,
el diente del segundo, las carpetas del jardín de infantes y no sé cómo
no guardamos la primera caquita. ¿Cómo quieren que entienda a esa gente
que se desprende de su celular a los pocos meses de comprarlo?
¿Será que cuando las cosas se consiguen fácilmente, no se valoran y
se vuelven desechables con la misma facilidad con la que se
consiguieron?
En casa teníamos un mueble con cuatro cajones. El primer cajón era
para los manteles y los repasadores, el segundo para los cubiertos y el
tercero y el cuarto para todo lo que no fuera mantel ni cubierto. Y
guardábamos.. ... ¡¡Cómo guardábamos!! ¡¡Tooooodo lo guardábamos!!
¡¡Guardábamos las chapitas de los refrescos!! ¡¿Cómo para qué?! Hacíamos
limpia-calzados para poner delante de la puerta para quitarnos el barro.
Dobladas y enganchadas a una piola se convertían en cortinas para los
bares. Al terminar las clases le sacábamos el corcho, las martillábamos
y las clavábamos en una tablita para hacer los instrumentos para la
fiesta de fin de año de la escuela. ¡Tooodo guardábamos!
¡¡¡Las cosas que usábamos!!!: mantillas de faroles, ruleros,
ondulines y agujas de primus. Y las cosas que nunca usaríamos. Botones
que perdían a sus camisas y carreteles que se quedaban sin hilo se iban
amontonando en el tercer y en el cuarto cajón. Partes de lapiceras que
algún día podíamos volver a precisar. Tubitos de plástico sin la tinta,
tubitos de tinta sin el plástico, capuchones sin la lapicera, lapiceras
sin el capuchón. Encendedores sin gas o encendedores que perdían el
resorte. Resortes que perdían a su encendedor.
Cuando el mundo se exprimía el cerebro para inventar encendedores
que se tiraban al terminar su ciclo, inventábamos la recarga de los
encendedores descartables. Y las Gillette -hasta partidas a la mitad- se
convertían en sacapuntas por todo el ciclo escolar. Y nuestros cajones
guardaban las llavecitas de las latas de sardinas o del corned-beef, por
las dudas que alguna lata viniera sin su llave. ¡Y las pilas! Las pilas
de las primeras Spica pasaban del congelador al techo de la casa. Porque
no sabíamos bien si había que darles calor o frío para que vivieran un
poco más. No nos resignábamos a que se terminara su vida útil, no
podíamos creer que algo viviera menos que un jazmín...
Las cosas no eran desechables. Eran guardables.. ¡¡¡Los diarios!!!
Servían para todo: para hacer plantillas para las botas de goma, para
poner en el piso los días de lluvia y por sobre todas las cosas para
envolver. ¡¡¡Las veces que nos enterábamos de algún resultado leyendo el
diario pegado al trozo de carne!!!
Y guardábamos el papel plateado de los chocolates y de los cigarros
para hacer guías de pinitos de navidad y las páginas del almanaque para
hacer cuadros y los cuentagotas de los remedios por si algún medicamento
no traía el cuentagotas y los fósforos usados porque podíamos prender
una hornalla de la Volcán desde la otra que estaba prendida y las cajas
de zapatos que se convirtieron en los primeros álbumes de fotos. Y las
cajas de cigarros Richmond se volvían cinturones y posa-mates y los
frasquitos de las inyecciones con tapitas de goma se amontonaban vaya a
saber con qué intención, y los mazos de naipes se reutilizaban aunque
faltara alguna, con la inscripción a mano en una sota de espada que
decía 'éste es un 4 de bastos'.
Los cajones guardaban pedazos izquierdos de palillos de ropa y el
ganchito de metal. Al tiempo albergaban sólo pedazos derechos que
esperaban a su otra mitad para convertirse otra vez en un palillo.
Yo sé lo que nos pasaba: nos costaba mucho declarar la muerte de
nuestros objetos. Así como hoy las nuevas generaciones deciden
'matarlos' apenas aparentan dejar de servir, aquellos tiempos eran de no
declarar muerto a nada: ¡¡¡ni a Walt Disney!!!
Y cuando nos vendieron helados en copitas cuya tapa se convertía en
base y nos dijeron: 'Cómase el helado y después tire la copita',
nosotros dijimos que sí, pero, ¡¡¡minga que la íbamos a tirar!!! Las
pusimos a vivir en el estante de los vasos y de las copas. Las latas de
arvejas y de duraznos se volvieron macetas y hasta teléfonos. Las
primeras botellas de plástico se transformaron en adornos de dudosa
belleza. Las hueveras se convirtieron en depósitos de acuarelas, las
tapas de botellones en ceniceros, las primeras latas de cerveza en
portalápices y los corchos esperaron encontrarse con una botella.
Y me muerdo para no hacer un paralelo entre los valores que se
desechan y los que preservábamos. ¡¡¡Ah!!! ¡¡¡No lo voy a hacer!!! Me
muero por decir que hoy no sólo los electrodomésticos son desechables;
que también el matrimonio y hasta la amistad son descartables.
Pero no cometeré la imprudencia de comparar objetos con personas. Me
muerdo para no hablar de la identidad que se va perdiendo, de la memoria
colectiva que se va tirando, del pasado efímero. No lo voy a hacer. No
voy a mezclar los temas, no voy a decir que a lo perenne lo han vuelto
caduco y a lo caduco lo hicieron perenne. No voy a decir que a los
ancianos se les declara la muerte apenas empiezan a fallar en sus
funciones, que los cónyuges se cambian por modelos más nuevos, que a las
personas que les falta alguna función se les discrimina o que valoran
más a los lindos, con brillo y glamour.
Esto sólo es una crónica que habla de pañales y de celulares. De lo
contrario, si mezcláramos las cosas, tendría que plantearme seriamente
entregar a la 'bruja' como parte de pago de una señora con menos
kilómetros y alguna función nueva. Pero yo soy lento para transitar este
mundo de la reposición y corro el riesgo de que la 'bruja' me gane de
mano y sea yo el entregado.
Hasta aquí"
02 octubre, 2009
El mar de fueguitos - Eduardo Galeano
A la vuelta, contó. Dijo que había contemplado, desde allá arriba, la vida humana. Y dijo que somos un mar de fueguitos.
—El mundo es eso —reveló—. Un montón de gente, un mar de fueguitos.
Cada persona brilla con luz propia entre todas las demás.
No hay dos fuegos iguales. Hay fuegos grandes y fuegos chicos y fuegos de todos los colores. Hay gente de fuego sereno, que ni se entera del viento, y gente de fuego loco, que llena el aire de chispas. Algunos fuegos, fuegos bobos, no alumbran ni queman; pero otros arden la vida con tantas ganas que no se puede mirarlos sin parpadear, y quien se acerca, se enciende.
05 abril, 2008
El ajedrez: ¿representación de la vida en un tablero?

Varias veces había escuchado la afirmación bajo la pregunta. Ayer Alex me preguntó directamente y debo responder.
Para mi gusto, el ajedrez claro que es una representación de la vida en un tablero, pero de una pasajera e incompleta.
Siempre habrán peones, caballos, alfiles, torres, reinas y rey. Los demás siempre tendrán que proteger al rey, mientras éste se mueve apenas un paso a la vez. Las reinas serán las de más privilegios y podrán moverse casi como quieran. Las torres, alfiles y caballos tendrán más limitación, aunque poca diferencia entre ellos. Y los peones, siempre la mayoría, los carne de cañón, los más pequeños y los menos dotados, serán siempre los primeros en morir.
En el ajedrez las figuritas serán siempre las mismas, o si no ya no es ajedrez. Siempre habrán piezas más valiosas que otras, o ya no será ajedrez. Podrán moverse cada una sólo de esa manera que dispone la regla, o ya no será ajedrez. Tendrán siempre que ganar los negros o los blancos (las tablas son sólo excepción), o ya no será ajedrez. Siempre el juego será en beneficio del rey y todos los demás deben sacrificarse por él.
Las reglas serán siempre las mismas, o ya no será ajedrez.
Pero la vida, sin las similitudes que tiene con el ajedrez, seguiría siendo vida.
En la vida que vivimos hoy, todas las figuritas (nosotros), somos distintos, sí, pero nuestros organismos insisten en los fundamentalmente iguales que somos.
Hoy valoramos más a unos humanos que a otros, nos inventamos categorías que nos distinguen, nos diferencian y nos dan distintas valoraciones. Hoy sabemos quiénes son los feos, los tontos, los pobres, etc. Ayer las gordas eran las lindas, hoy no lo son, y mañana... no se sabe.
Las valoraciones de las figuritas del ajedrez serán siempre iguales, pero las de nosotros, dependen de qué nos dé por inventar. Podemos cambiarlas. Hoy no existe un nombre para denominar a los que tienen los dedos más largos que otros porque no importa. Puede que mañana sí y lo habrá. Depende de nosotros. Podemos ser libres.
Hoy podemos nacer peones y unos pocos podrán pasar a ser alfiles. Pero, aún más, si queremos podemos ser todos reyes, o todos peones, o unas reinas y torres y que todo lo demás no exista, o pueden existir todas las figuritas pero todas con igual valencia, etc. En el ajedrez el que nace peón se muere peón, aún sacrificándolo (que llegue al final del tablero)
En la vida actual, sí, la mayoría de las veces el triunfo de unos existe por la pérdida de los otros. "No todos pueden ser jefes", escuchaba por ahí. No todos pueden ascender en su cargo hasta ganar. No todos sacaron el primer lugar en la carrera. Pero hay espacios en que el triunfo de uno es el de todos y puede haberlos en forma masiva, si estructuráramos nuestra sociedad así.
También, tristemente, todos trabajamos para que unos pocos se beneficien.
Como las figuritas, no somos libres. Sólo pequeños márgenes. Una reina que se mueve hacia donde quiere y cuánto quiere es más libre que una torre, pero aún así no es libre: no puede moverse en L. Y aún más, no puede saltar sobre las piezas ni hacer los que se plazca. En eso nos parecemos.
Pero, insisto, podemos ser libres , y la vida seguiría siendo vida...
28 marzo, 2008
Ventanas sobre la utopía - Eduardo Galeano
21 marzo, 2008
17 enero, 2008
La chica más guapa de la ciudad - Charles Bukowski
“La chica más guapa de la ciudad”
Cass era la más joven y la más guapa de cinco hermanas. Cass era la chica más guapa de la ciudad. Medio india, con un cuerpo flexible y extraño, un cuerpo fiero v serpentino y ojos a juego. Cass era fuego móvil y fluido. Era como un espíritu embutido en una forma incapaz de contenerlo. Su pelo era negro y largo, y sedoso y se movía y se retorcía igual que su cuerpo. Cass estaba siempre muy alegre o muy deprimida. Para ella no había término medio. Algunos decían que estaba loca. Lo decían los tontos. A los hombres Cass les parecía simplemente una máquina sexual y no se preocupaban de si estaba loca o no. Y Cass bailaba y coqueteaba y besaba a los hombres pero, salvo un caso o dos, cuando llegaba la hora de hacerlo, Cass se evadía de algún modo, los eludía.
Sus hermanas la acusaban de desperdiciar su belleza, de no utilizar lo bastante su inteligencia, pero Cass poseía inteligencia y espíritu; pintaba, bailaba, cantaba, hacía objetos de arcilla, y cuando la gente estaba herida, en el espíritu o en la carne, a Cass le daba una pena tremenda. Su mente era distinta y nada más; sencillamente, no era práctica. Sus hermanas la envidiaban porque atraía a sus hombres, y andaban rabiosísimas porque creían que no sacaba todo el partido posible. Tenía la costumbre de ser buena y amable con los feos; los hombres considerados guapos le repugnaban: `No tienen agallas -decía ella-. No tienen nervio. Confían siempre en sus orejitas perfectas y en sus narices torneadas… todo fachada y nada dentro…` Tenía un carácter rayano en la locura; un carácter que algunos calificaban de locura.
Su padre había muerto del alcohol y su madre se había largado dejando solas a las chicas. Las chicas se fueron con una pariente que las metió en un colegio de monjas. El colegio había sido un lugar triste, más para Cass que para sus hermanas. Las chicas envidiaban a Cass y Cass se peleó con casi todas. Tenía señales de cuchillas por todo el brazo izquierdo, de defenderse en dos peleas. Tenía también una cicatriz imborrable que le cruzaba la mejilla izquierda; pero la cicatriz, en vez de disminuir su belleza, parecía, por el contrario, realzarla.
Yo la conocí en el bar West End unas noches después de que la soltaran del convento. Al ser la más joven, fue la última hermana que soltaron. Sencillamente entró y se sentó a mi lado. Yo quizá sea el hombre más feo de la ciudad, y puede que esto tuviese algo que ver con el asunto.
- ¿Tomas algo? -pregunté.
- Claro, ¿por qué no?
No creo que hubiese nada especial en nuestra conversación esa noche, era sólo el sentimiento que Cass transmitía. Me había elegido y no había más. Ninguna presión. Le gustó la bebida y bebió mucho. No parecía tener la edad, pero de todos modos le sirvieron. Quizás hubiese falsificado el carnet de identidad, no sé. En fin, lo cierto es que cada vez que volvía del retrete v se sentaba a mi lado yo sentía cierto orgullo. No sólo era la mujer más bella de la ciudad, sino también una de las más bellas que yo había visto en mi vida. Le eché el brazo a la cintura y la besé una vez.
- ¿Crees que soy bonita? - preguntó.
- Sí, desde luego. Paro hay algo más… algo más que tu apariencia…
- La gente anda siempre acusándome de ser bonita. ¿Crees de veras que soy bonita?
- Bonita no es la palabra, no te hace justicia.
Buscó en su bolso. Creí que buscaba el pañuelo. Sacó un alfiler de sombrero muy largo. Antes de que pudiera impedírselo se había atravesado la nariz con él, de lado a lado, justo sobre las ventanillas. Sentí repugnancia y horror. Ella me miró y se echó a reír.
- ¿Crees ahora que soy bonita? ¿Qué piensas ahora, eh?
Saqué el alfiler y puse mí pañuelo sobre la herida. Algunas personas, incluido el encargado, habían observado la escena. El encargado se acercó.
- Mira -dijo a Cass-, si vuelves a hacer eso te echo. Aquí no necesitamos tus exhibiciones.
- ¡Vete a la mierda, amigo! -dijo ella.
- Será mejor que la controles -me dijo el encargado.
- No te preocupes -dije yo.
- Es mi nariz -dijo Cass-, puedo hacer lo que quiera con ella.
- No -dije-, a mí me duele.
- ¿Quieres decir que te duele a ti cuando me clavo un alfiler en la nariz?
- Sí, me duele, de veras.
- De acuerdo, no lo volveré a hacer. Animo.
Me besó, pero como riéndose un poco en medio del beso y sin soltar el pañuelo de la nariz. Cuando cerraron nos fuimos a donde vivía. Tenía un poco de cerveza y nos sentamos a charlar. Fue entonces cuando pude apreciar que era una persona que rebosaba bondad y cariño. Se entregaba sin saberlo. Al mismo tiempo retrocedía a zonas de descontrol e incoherencia. Esquizoide. Una esquizo hermosa y espiritual. Quizás algún hombre, algo, acabase destruyéndola para siempre. Espetaba no ser yo.
Nos fuimos a la cama y cuando apagué las luces me preguntó:
- ¿Cuándo quieres hacerlo, ahora o por la mañana?
- Por la mañana -dije, y me di la vuelta.
Por la mañana me levanté, hice un par de cafés y le llevé uno la cama.
Se echó a reír.
- Eres el primer hombre que conozco que no ha querido hacerlo por la noche.
- No hay problema -dije-. En realidad no tenemos por qué hacerlo.
- No, espera, ahora quiero yo. Déjame que me refresque un poco.
Se fue al baño. Salió en seguida, realmente maravillosa, largo pelo negro resplandeciente, ojos y labios resplandecientes, toda resplandor… Se desperezó sosegadamente, buena cosa. Se metió en la cama.
- Ven, amor.
Fui.
Besaba con abandono, pero sin prisa. Dejé que mis manos recorriesen su cuerpo, acariciasen su pelo. La monté. Su carne era cálida y prieta. Empecé a moverme despacio y queriendo que durara. Ella me miraba a los ojos.
- ¿Cómo te llamas? -pregunté.
- ¿Qué diablos importa? -preguntó ella.
Solté una carcajada y seguí. Después se vistió y la llevé en coche al bar, pero era difícil olvidarla. Yo no trabajaba y dormí hasta las dos y luego me levanté y leí el periódico. Cuando estaba en la bañera, entró ella con una gran hoja: una oreja de elefante.
- Sabía que estabas en la bañera -dijo-, así que te traje algo para tapar esa cosa, hijo de la naturaleza.
Y me echó encima, en la bañera, la hoja de elefante.
- ¿Cómo sabías que estaba en la bañera?
- Lo sabía.
Cass llegaba casi todos los días cuando yo estaba en la bañera. No era siempre la misma hora, pero raras veces fallaba, y traía la hoja de elefante. Y luego hacíamos el amor.
Telefoneó una o dos noches y tuve que sacarla de la cárcel por borrachera y pelea pagando la fianza.
- Esos hijos de puta -decía-, sólo porque te pagan unas copas creen que pueden echarte mano a las bragas.
- La culpa la tienes tú por aceptar la copa.
- Yo creía que se interesaban por mí, no sólo por mi cuerpo.
- A mí me interesas tú y tu cuerpo. Pero dudo que la mayoría de los hombres puedan ver más allá de tu cuerpo.
Dejé la ciudad y estuve fuera seis meses, anduve vagabuneando; volví. No había olvidado a Cass ni un momento, pero habíamos tenido algún tipo de discusión y además yo tenía ganas ponerme en marcha, y cuando volví pensé que se habría ido; pero no llevaba sentado treinta minutos en el bar West End cuando ella llegó y se sentó a mi lado.
- Vaya, cabrón, has vuelto.
Pedí un trago para ella. Luego la miré. Llevaba un vestido de cuello alto. Nunca la había visto vestida así. Y debajo de cada ojo, clavado, llevaba un alfiler de cabeza de cristal. Sólo se podían ver las cabezas de los alfileres, pero los alfileres estaban clavados.
- Maldita sea, aún sigues intentando destruir tu belleza…
- No, no seas tonto, es la moda.
- Estás chiflada.
- Te he echado de menos -dijo.
- ¿Hay otro?
- No, no hay ninguno. Sólo tú. Pero ahora hago la vida. Cobro diez billetes. Pero para ti es gratis.
- Sácate esos alfileres.
- No, es la moda.
- Me hace muy desgraciado.
- ¿Estás seguro?
- Sí, mierda, estoy seguro.
Se sacó lentamente los alfileres y los guardó en el bolso.
- ¿Por qué estropeas tu belleza? -pregunté-. ¿Por qué no aceptas vivir con ella sin más?
- Porque la gente cree que es todo lo que tengo. La belleza no es nada. La belleza no permanece. No sabes la suerte que tienes siendo feo, porque si le agradas a alguien sabes que es por otra cosa.
- Vale -dije-, tengo mucha suerte.
- No quiero decir que seas feo. Sólo que la gente cree que lo eres. Tienes una cara fascinante.
- Gracias.
Tomamos otra copa.
- ¿Qué andas haciendo? -preguntó.
- Nada. No soy capaz de apegarme a nada. Nada me interesa.
- A mí tampoco. Si fueses mujer podrías ser puta.
- No creo que quisiese establecer un contacto tan íntimo con tantos extraños. Debe ser un fastidio.
- Tienes razón, es fastidioso, todo es fastidioso.
Salimos juntos. Por la calle, la gente aún miraba a Cass.
Aún era una mujer hermosa, quizá más que nunca. Fuimos a casa y abrí una botella de vino y hablamos. A Cass y a mí, siempre nos era fácil hablar. Ella hablaba un rato yo escuchaba y luego hablaba yo. Nuestra conversación fluía fácil, sin tensión. Era corno si descubriésemos secretos juntos. Cuando descubríamos uno bueno, Cass se reía con aquella risa… de aquella manera que sólo ella podía reírse. Era como el gozo del fuego. Y durante la charla nos besábamos y nos arrimábamos. Nos pusimos muy calientes y decidimos irnos a la cama. Fue entonces cuando Cass se quitó aquel vestido de cuello alto y lo vi… vi la mellada y horrible cicatriz que le cruzaba el cuello. Era grande y ancha.
- Maldita sea, condenada, ¿qué has hecho? -dije desde la cama.
- Lo intenté con una botella rota una noche. ¿Ya no te gusto? ¿Soy bonita aún?
La arrastré a la cama y la besé. Me empujó y se echó a reír:
- Algunos me pagan los diez y luego, cuando me desvisto no quieren hacerlo. Yo me quedo los diez. Es muy divertido.
- Sí -dije-, no puedo parar de reír… Cass, zorra, te amo… deja de destruirte; eres la mujer con más vida que conozco.
Volvimos a besarnos. Cass lloraba en silencio. Sentí las lágrimas. Sentí aquel pelo largo y negro tendido bajo mí como una bandera de muerte. Disfrutamos e hicimos un amor lento y sombrío y maravilloso.
Por la mañana, Cass estaba levantada haciendo el desayuno. Parecía muy tranquila y feliz. Cantaba. Yo me quedé en la cama gozando su felicidad. Por fin; vino y me zarandeó:
- ¡Arriba, cabrón! ¡Chapúzate con agua fría la cara y la polla y ven a disfrutar del banquete!
Ese día la llevé en coche a la playa. No era un día de fiesta y aún no era verano, todo estaba espléndidamente desierto. Vagabundos playeros en andrajos dormían en la arena. Había otros sentados en bancos de piedra compartiendo una botella solitaria. Las gaviotas revoloteaban, estúpidas pero distraídas. Ancianas de setenta y ochenta, sentadas en los bancos, discutían ventas de fincas dejadas por maridos asesinados mucho tiempo atrás por la angustia y la estupidez de la supervivencia. Había paz en el aíre. Nos besamos y estuvimos tumbados por allí y no hablamos mucho. Era agradable simplemente estar juntos. Compré bocadillos, patatas fritas y bebidas y nos sentamos a beber en la arena. Luego abracé a Cass y dormimos así abrazados un rato. Era mejor que hacer el amor. Era como un fluir juntos sin tensión. Luego volvimos a casa en mi coche y preparé la cena. Después de cenar, sugerí a Cass que viviésemos juntos. Se quedó mucho rato mirándome y luego dijo lentamente: `No`. La llevé de nuevo al bar, le pagué una copa y me fui.
Al día siguiente, encontré un trabajo como empaquetador en una fábrica y trabajé todo lo que quedaba de semana. Estaba demasiado cansado para andar mucho por ahí, pero el viernes por la noche me acerqué al West End. Me senté y esperé a Cass. Pasaron horas. Cuando estaba ya bastante borracho, me dijo el encargado.
-Siento lo de tu amiga.
- ¿El qué? pregunté.
-Lo siento. ¿No lo sabias?
-No.
-Suicidio, la enterraron ayer.
- ¿Enterrada? -pregunté.
Parecía como si fuese a aparecer en la puerta de un momento a otro, ¿cómo podía haber muerto?
-La enterraron las hermanas.
- ¿Un suicidio? ¿Cómo fue?
-Se cortó el cuello.
-Ya. Dame otro trago.
Estuve bebiendo allí hasta que cerraron. Cass, la más bella de las cinco hermanas, la chica más guapa de la ciudad. Conseguí conducir hasta casa sin poder dejar de pensar que debería haber insistido en que se quedara conmigo en vez de aceptar aquel `no`. Todo en ella había indicado que le pasaba algo. Yo sencillamente había sido demasiado insensible, demasiado despreocupado. Me merecía mi muerte y la de ella. Era un perro. No, ¿por qué acusar a los perros? Me levanté, busqué una botella de vino, bebí lúgubremente. Cass, la chica más guapa de la ciudad muerta a los veinte años.
Fuera, alguien tocaba la bocina de un coche. Unos bocinazos escandalosos, persistentes. Dejé la botella y aullé: `MALDITO SEAS, CONDENADO HIJO DE PUTA, CALLATE YA!`.
Y seguía avanzándo la noche y yo nada podía hacer.
Charles Bukowski.
26 diciembre, 2007
Fitter, happier - Radiohead
Más satisfecho, más feliz
"Más satisfecho, más feliz, más productivo,
cómodo,
sin beber demasiado,
ejercicios regulares en el gimnasio
(tres días por semana),
mejorar las relaciones con tus contemporáneos empleados socios,
a gusto,
comiendo bien,
(nada de cenas de microondas y grasas saturadas),
un mejor conductor, más paciente,
un auto más seguro
(el bebé sonriendo en el asiento de atrás),
dormir bien
(sin pesadillas),
sin paranoias,
cuidadoso con todos los animales
(nunca ahogar arañas en el desagüe),
seguir en contacto con los viejos amigos
(disfrutar un trago de vez en cuando),
ir comprobando con frecuencia el crédito en el banco (moral) (agujero en la pared),
favores por favores,
cariñoso, pero no enamorado,
órdenes de caridad social,
los domingos supermercado de circunvalación
(nada de matar polillas o echar agua hirviendo a las hormigas),
lavar el auto
(también los domingos),
ya sin miedo a la oscuridad, o a las sombras del mediodía,
nada tan ridículamente adolescente y desesperado,
nada tan infantil, en un mejor lugar,
más lento y más calculado,
sin oportunidad de escapar,
ahora trabajando por cuenta propia,
preocupado (pero impotente)
un facultado e informado miembro de la sociedad
(pragmatismo en vez de idealismo),
sin llorar en público,
menos oportunidades de enfermarse,
neumáticos con agarre en mojado
(foto del bebé con el cinturón en el asiento de atrás)
un buen recuerdo,
seguir llorando con una buena película,
seguir besando con saliva,
ya no vacío y frenético como un gato atado a un palo
al que llevan a una mierda congelada por el invierno
(la capacidad de reírse ante la debilidad),
calmo,
más satisfecho,
más saludable y más productivo,
un cerdo en una jaula, medicado con antibióticos"
23 noviembre, 2007
Ser padre, ser madre...
Llevo un año completo asistiendo a las supervisiones de dos grupos de psicólogos que trabajan con niños. Siendo, dentro del universo de casos, una muestra muy pequeña la que he podido observar, no ha sido una experiencia esperanzadora, por lo descarnante de ver la actitud de los padres ante sus hijos. Realmente uno llega a cuestionarse en qué estaban pensando cuando decidieron tenerlos...
Con esto delimito que sólo me referiré a los padres de hijos planificados.
Tengo la sensación de que, en general, no se piensa ninguna razón bien argumentada para decidir tener un hijo. Es lo "obvio", "lo natural", si uno ama al otro, desea tener un retoño con él, "ya nos estamos poniendo viejos y si no es ahora no es nunca", "me gustan las guaguas", etc. Aunque no pueda mencionar todos los motivos que he escuchado, destaco de ellos que comparten una cualidad: lo último en lo que se piensa (si es que se piensa), es en la nueva persona. Cuando mucho algo sobre cómo educarlo, cómo darle salud, alimentarlo y vestirlo.
Se toman al hijo como una extensión de ellos, como un objeto que poseer, que por su indefensión pueden hacer lo que les plazca con él, una expectativa narcisista de lo que pueden crear, una desilusión cuando la "creación" les falla.
Nunca tomaron en cuenta una cosa: el niño nuevo era otra persona. Alguien con su propio cuerpo, sus propias emociones, sus propias experiencias. Una nueva personalidad, un nuevo pensamiento, una nueva visión de mundo....
Les buscan un colegio donde les eduquen en las propias creencias de los papás, les conversan, los tratan de convencer de cosas de modo dogmático, abusando de su autoridad, a las niñitas les perforan las orejas para ponerle aros... Todo un actuar egoísta, donde se intenta traspasar al hijo lo que uno es o quiere ser, y donde cualquier desviación es vivida como traición. Dando fe de que en verdad pensaron que eso era lo mejor para sí mismos, lo que les hubiese gustado tener, no creo que hayan pensado en que eso era lo mejor para ese hijo en particular, en su individualidad que ni siquiera lograron descubrir, que aplastaron con su deseo, y que resurge en la pataleta, en el llanto, en la rebeldía del adolescente, en su "locura"...
Siguiendo con la creencia de la buena fe con que han intentado "criar" a sus hijos, me pregunto si alguna vez se preguntaron seriamente si esas cosas eran realmente buenas para ellos mismos. Y sobre si, ya no como individualidades tratando de moldear la nueva plasticina, sino como un esfuerzo conjunto, de pareja, se plantearon qué de bueno había para un hijo en el traerlo a la vida y comprometerse para toda la vida, sin vuelta atrás, con la responsabilidad que eso significa.
Y es que "el amor" entre los padres no siempre es suficiente para mantener una relación entre ellos, y menos para asumir la responsabilidad de una nueva vida...
22 noviembre, 2007
Vicios...
12 noviembre, 2007
26 octubre, 2007
Coherencia
Leía hoy un escrito de una agrupación política de izquierda (LAC) que hablaba sobre las coaliciones (operacionalizadas en listas) de partidos-movimientos-colectivos-juventudes que se han dado en torno a las elecciones de la FECH. La principal crítica que hacían era hacia la conformación de listas entre grupos que no coinciden ideológicamente y que, peor aún, habían tenido una larga historia de críticas y rechazos entre ellos. A la pregunta de por qué se unieron dichos grupos, entonces, contestaban que por obtener votos.
Preguntábame yo, desde una posición optimista, creyendo todos y cada uno de los discursos de estos grupos, qué tan criticable era que se aglutinaran siendo tan distintos, asumiendo, a la vez, que era por obtener un voto.
LAC contestaba que mucho, pues no eran consecuentes con sus ideas. Concuerdo con ellos, pero sigo pensando: si la idea de estos grupos es generar algún cambio y para ello necesitan ser elegidos, se justifica "estratégicamente", pues por sí mismos o siendo coherentes no lograrían el resultado esperado ni, por ende, concretar sus proyectos.
Algo similar pasa cuando observamos a algunos de estos personajes en su vida cotidiana y observamos la incoherencia: critican al mercado, pero son consumistas; critican las grandes empresas, que absorban otras pequeñas, pero no paran de tomar coca-cola, comprar nike, ir al líder, falabella; defienden a los pobres y dicen "tener una comprensión global del fenómeno de la delincuencia" pero no paran de tildar de flayte, con desprecio, al morenito hip-hopero cuando están frente a sus amigos, etc.
No veo tampoco tanta diferencia con los papás que le dicen a uno que no mienta, pero cuando llaman a casa y no quieren contestar le hacen decir al niño por teléfono "papá salió"; cuando te piden que comas toda tu comida, pero ves a tu mamá apartando algo del plato que no le gustó; al exigir puntualiad al ir al colegio, pero llegan media hora atrasados a las reuniones de apoderados, etc.
Y sigo preguntándome qué tan criticables pueden ser todas estas incoherencias si hay un mundo entero estructurado, al que si no te acomodas te quedas afuera; y estructurante, con un aparataje inconmensurable de estructuras (familia, escuela, religiones, cárcel, publicidad, tradiciones, etc.) que te presionan y configuran para la integración pasiva al sistema, en donde cada desviación de la norma será sancionada con psicólogo (manicomio) o la policía (cárcel)
En vez de atribuir responsabilidades personales a cada una de estas incoherencias y ser tan drásticos en reprobarlos, podríamos pensar qué estamos construyendo en conjunto que hace que todos estos ejemplos (y miles más) no sean eventos aislados, sino diarios y masivos.
"El Che: decía lo que pensaba y hacía lo que decía", leí por ahí...
16 octubre, 2007
Conviérteme en un televisor

Sacado de Dirigentes del mundo futuro,Carlos Cuauhtemoc
"
Si los niños vivimos con golpes, aprendemos a ser agresivos. Si vivimos con burla, aprendemos a ser tímidos. Si vivimos con indiferencia, aprendemos a ser fríos.
Es un honor para mí presentarles el tema "Los niños pedimos poco".
Hace varios días, una maestra le pidió a sus alumnos que escribieran un deseo para dios. Hubo una carta qe conmovió a toda la gente y se publicó en la portada del diario principal de su ciudad. Decía así:
'Señor, tú que eres bueno y proteges a todos los niños de la Tierra, quiero pedirte un favor: transfórmame en un televisor... para que mis padres me cuiden como lo cuidan a él, para que me miren con el mismo interés con que mi mamá mira su telenovela preferida o papá el noticiero. Quiero hablar como algunos animadores que, cuando lo hacen, toda la familia se calla para escucharlos con atención y sin interrupciones. Quiero sentir que mis papás se preocupan por mí, tanto como se preocupan cuando el televisor se descompone y rápidamente llaman al técnico. Quiero ser un televisor para ser el mejor amigos de mis padres y su héroe favorito. Señor, por favor. Aunque sea por un día... Déjame ser un televisor*'
* La fuente del párrafo Conviérteme en un televisor es desconocida. Llegó a manos del autor como regalo en un viaje a Buenos Aires. El dador aseguró haberla obtenido de un periódico en Santiago de Chile
"
25 septiembre, 2007
Reencuentros... con los otros o conmigo?

Difícil decidirse a coger el teclado. El tiempo, lo obsesiva, lo culposa... puede entenderse que no tenga mucho tiempo, que sea obsesiva para escribir y me moleste producir un texto poco prolijo (que no me interprete fielmente y con claridad), pero... culposa?
Quizá la explicación de ese sentir sea uno de los temas que me mueva a usar este espacio (blog): lo absurdo. Por ahora, merece atención la culpa en el ámbito de un escrito como este.
Culpa por tener por lectores a cercanos, que suponen conocerme y encontrar aquí la refutación a esa creencia, para unos con menos dolor que para otros.
Y es justamente ese el asunto. En la lejanía física, recordar aquellos con que me "reunía amistosamente" (por no precipitarme en decir "eran amigos") e interactuar, nuevamente, con ellos. Ha sido el año de los reencuentros. Físicos, virtuales, el recordar olvidos (psicoanalizarse!) o enterarse de lo que ha sido de algunos. En cada uno de ellos la expectativa era similar: ver cuánto ha cambiado esa persona, cuánto yo y si la relación ha cambiado mucho o no. Los resultados esperables:
Constancias. Personas que no cambiaron lo que uno hubiese esperado y ya no es viable la relación. Otras que no cambiaron, pero se agradece enormemente que así haya sido.
Cambios. Valorables e indeseables.
Hasta aquí lo lógico. Pero hubo un grupo para los que mi lógica y expectivas fueron insuficientes. Los que en el reencuentro presentan cambios, sí, pero recuerdo y me entero de cosas que vienen desde que nos conocíamos, pero nunca vi ni supe valorar... ¡Cómo hubiese sido de distinto ese pasado si hubiera valorado las cosas como hoy lo hago y cómo sería de distinto mi presente con haber cambiado ese pasado!
Estoy llegando al punto de lo culposo nuevamente. A reconocer que la imágenes que dejé en esos "amigos", y que por ellas suponen que "me conocen", no son más que las piezas que rebasan el contenedor de un puzle desarmado porque temía mostrarse enteramente, tal como es.
Antes de los reencuentros sentía algo de miedo. Miedo por no recordar cuál de todas esas piezas era la que había exhibido ante esa persona y ansiedad por sentir que en ese reencuentro se me pide volver a mostrar la misma pieza, pues quizá no es azaroso que se hayan mostrado unas piezas y no otras...
Reconstruí cuidadosamente ese puzle en este tiempo de alejamiento. A esa construcción se debe el nombre de la dirección del blog (nicole v.01), emulando la numeración que muestra el avance de un software en construcción. Este blog tiene por objeto ser vitrina de dicha construcción.
Mostrar esas piezas juntas podría espantar a más de alguien. Así ha sido. Algunos, sin decirlo, hasta casi desparecer y otros sólo esgrimiendo algún reproche, pero siguiendo firmes (o con más fuerza) a mi lado.
La queja por no haber valorado a algunas personas en el pasado tanto como se lo merecían cobra sentido aquí: son justamente esas cualidades recién descubiertas las que hubieran agilizado la decisión de tomar dichas piezas y atreverme a armarlas. La capacidad de cuestionar y de destruir con ese cuestionamiento, el uso de la razón, no aceptación de la tradición sin fundamentos, de criticar, de rechazar lo establecido si es absurdo, de aceptar a quien lo hace y vive en consecuencia de lo que critica... Pues ese puzle armado forma una imagen perturbadora para quienes gustan de las cosas simples, fáciles, normales, regladas, y promete hacer todo lo posible por combatir la hegemonía que de esas maneras se desprende.
Una duda (para ustedes) se deduce de lo anterior: si necesitaba sentirme apoyada para atrever a conocerme y aceptarme como soy y es algo que ya hice, quién fue el impulsor de eso? Pues cuando conozcan a mi novio conocerán al hombre que me impulsó construirme y ser yo.


